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De llegadas y despedidas.

Desde hace un tiempo he tenido problemas para lidiar con el tema de las despedidas, y por ponerlo de alguna manera, no forma parte de una de mis fortalezas.

Las despedidas pueden abordarse, desde diferentes ópticas y situaciones, como la de aquella pareja que se despide en un aeropuerto o en una central camionera; como la bien conocida y rutinaria del padre con los hijos cuando los deja en la escuela; la que se da entre amigos en esa reunión que ya terminó; o bien la que se tiene entre un buen maestro y su grupo de alumnos al que enseñó durante un ciclo escolar. Pero todos estos enfoques, contienen, como casi cualquier película sobre despedidas, la esperanza o cierta certeza de que las partes involucradas, volverán a encontrarse en el futuro.

Un poco el problema es cuando esos ires y venires se complican y terminan en un hecho irrefutable. Es decir, y por si no me doy a entender, cuando esa persona que se marcha y debe continuar por un camino muy diferente al que el protagonista, y en particular el público, estaba imaginándose. Es en esos instantes cuando el desenlace de la trama no resulta ser del agrado para la mayoría de los espectadores.

Algo similar resultó ser la despedida que tuve con mi padre hace poco más de 10 años. No porque así estuviera dentro del libreto, y mucho menos por una decisión acordada o porque le hubieran ofrecido uno de esos trabajos en los que la ausencia se tiene que prolongar más de lo que desearías. Sino más bien porque su tiempo se había terminado.

He de reconocer, que me faltaron un par de cosas por compartir con él. Sólo a manera de ejemplos: el que hubiera podido conocer a sus nietos, el verme hoy haciendo una de las cosas que más me gustan y con las cuales, durante mis años mozos (veintitantos), más de una vez lo desperté por las noches (como grabar o editar a todo volumen), el que pudiéramos echarnos una partidita más de ajedrez o dominó, acompañados de buena música de los acetatos de su colección, o simplemente retomar sus pláticas históricas, que siempre me regalaban un aprendizaje valioso, para llevar en mi bolsillo en esos tiempos un poco nublados o lluviosos.

Hoy agradezco, el día en que mi padre me obsequió un par de libros de autores reconocidos en al ámbito de la poesía. Porque siempre, uno de ellos, ya lo ha descrito mejor de lo que yo intento exponer en esta ocasión, es por ello, que voy a permitirme citar, un párrafo de Jaime Sabines que me parece excelente para despedir a mi papá por última vez: “Sube un violín desde la calle hasta mi cama. Ayer miré dos niños que ante un escaparate de maniquíes desnudos se peinaban. El silbato del tren me preocupó tres años, hoy sé que es una máquina. Ningún adiós mejor que el de todos los días a cada cosa, en cada instante, alta la sangre iluminada. Desamparada sangre, noche blanda, tabaco del insomnio, triste cama. Yo me voy a otra parte. Y me llevo mi mano, que tanto escribe y que tanto habla.”

Definitivamente, existen personas a las que medio conoces y se van como si nada. Es decir, son como la caca del perico, que ni huelen, ni hieden. En pocas palabras, no aportan algo a tu vida. Pero existen personas que, como decían en una estación de radio que también mi padre solía escuchar con frecuencia y compartía conmigo, llegan para quedarse, y de pasada convertirse en importantes referentes para siempre querer alcanzar una mejor versión de ti mismo. Afortunadamente he conocido a varias de ellas. Aunque algunas ya no estén aquí, por así haber convenido a sus intereses o debido a situaciones que los obligaron a cambiar de rumbo. Ciertamente, son ese tipo de personas a las que por más de un motivo y cara a cara puedo decirles: “Oiga, ¡muchas gracias! Un héroe sin capa, es usted.”

¡Abrazo de Panda!

Acerca del autor

Eduardo Villalobos

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